Antonio Gamoneda: Entrevista

Los oficios de la luz (Fragmento)

En diálogo con el escritor colombiano Gonzalo Márquez Cristo durante el pasado verano en León, el poeta español nacido en Oviedo (1931), autor de Sublevación inmóvil (1966), Descripción de la mentira (1977), Lápidas (1987), Libro del frío (1992), Libro de los venenos (1995), Arden las pérdidas (2003)... y galardonado con el Premio Nacional (1988), el Reina Sofía (2005) y recientemente consagrado con el Cervantes (2006), compartió durante casi 24 horas su descarnada agudeza y su imperativa necesidad de lo poético.


–Por suerte los señores del correo extraviaron las revistas porque hemos tenido que conocernos. Ya sabéis que “amo mis pérdidas” –dijo Antonio Gamoneda refiriéndose al extravío de unos ejemplares de Común Presencia que contenían un homenaje a su labor creativa.

Luego de varias citas postergadas en un raudo periplo por Europa nos habíamos encontrado al fin frente a la deslumbrante catedral de León una fría tarde del pasado verano.

–Has traído ropa muy ligera y acuérdate que yo soy el autor de El libro del frío –dijo contemplándome con curiosidad.

Sonreímos. Eran las tres de la tarde. Su voz estaba colmada de ecos. El cielo era azul, el viento estremecía.

La noche anterior Madrid ardía a más de treinta grados pero el clima había descendido radicalmente tomándome por sorpresa.

–El fuego migra. Cree apasionadamente en el hielo, que siempre resulta profético –divagó.

Luego para eludir a un grupo de música folclórica que se aproximaba a la plaza, Gamoneda señaló el rumbo y caminando con las manos enlazadas a su espalda recomenzamos esa conversación que nunca se ha detenido desde hace tres años cuando iniciamos a cultivar nuestra desolación en el espacio virtual.

–En verdad existen citas que uno debe cumplir, pero conmigo me parece un despropósito... Yo por mi parte, comprobé lo inútil que es el movimiento y ya no quiero viajar más. Ahora sólo intento permanecer en mi barrio.

–¿Pero visitas con frecuencia Madrid?

–Mucho más de lo que me gustaría. Es un territorio de topos, una metrópoli subterránea. No me parece responsable vivir en una ciudad. Las carreteras sepultaron los caminos, la luz eléctrica abolió la fuente de enigmas que habita en el rebelde fuego. Hemos elegido la soledad. En el jardín de mi casa hay una adelfa cuya presencia me es necesaria, ¿cómo podría vivir en un lugar tan hostil como todas las urbes? Si abandono este pueblo será para vivir en otro más pequeño, en una provincia, en una aldea.

Caminamos lentamente por las calles de León hablando de poesía. Hacía frío. Gamoneda invulnerable con camisa de manga corta paraba en cada esquina para señalar detalles arquitectónicos del lugar. Sin duda había domeñado el hielo. Entonces tomándome del brazo dijo circunspecto:

–Vamos a hacer las cosas en orden, bueno... Entraremos a una tasca para iluminarnos.

Lo vi prender un cigarrillo que fumó furtivamente para no ser sorprendido por su familia que cuidaba el interdicto médico.

–He aprendido que la amistad es el único sentimiento que critica al tiempo, no el amor que es tan vulnerable y arbitrario.

Súbitamente fuimos interrumpidos por un viajero catalán que lo reconoció preguntándole con voz estentórea:

–¿Es usted el escritor verdad?

–Bueno, no estoy tan seguro de eso –replicó Gamoneda.

–Con personas como usted sería mejor el mundo, gran poeta –dijo antes de desaparecer.

–Me dieron el Premio Reina Sofía el año pasado, lo cual agradezco, aunque haya sido algo despiadado para mi privacidad –añadió después–. Además me lo otorgaron de manera injusta, ¿cómo se les ocurrió concedérmelo cuando estaba de finalista Blanca Varela? ¡Qué arbitrariedad! Estaban nominados otros escritores de gran prestigio pero me parece que eran narradores, y claro con la poesía no se discute.

Las horas danzaban. Más tarde su esposa preguntó si Colombia era un país tan peligroso como lo describían los periódicos y él un poco desconcertado se apresuró a responder por mí:

–El hambre es peligrosa. La soledad tiende terribles celadas. La injusticia es un crimen, la esclavitud, la melancolía... Y bueno, la poesía debe ser siempre peligrosa!

Más tarde coincidí con su hija Amelia quien había traducido Desgarradura de E.M. Cioran para Tusquets, lo cual me produjo alguna confianza.

–¡Qué extraño! En mi casa vinieron a encontrarse los amantes del monstruo rumano. Creo que estoy rodeado de seres desahuciados, de condenados metafíscos –intervino con ironía.

Conversamos sobre los riesgos de la traducción y de la verdadera escritura, que “es la traducción del silencio”.

–Es notable el castigo al que nos somete el lenguaje, es conocida su obsesión por corregir, por decantar, por elaborar varias versiones de un mismo poema...

–Mi vida es un constante desandar. Creo que todo puede ser depurado, tallado hasta la desesperación. No le soy muy simpático a los editores pues siempre estoy enmendando mis versos. No creo que la publicación sacralice, pienso que un texto por más refinado que sea siempre puede derivar en una forma más exacta, más perturbadora.

–Existe la idea cabalística de que el mundo es perverso porque el escriba del omnipotente dios erró al transcribir una palabra del texto sagrado....

–Es una leyenda muy generosa con el lenguaje, y aunque algunos crean que toda palabra es sustituible por otra, la labor del poeta es demostrar esa imprecisión, porque toda palabra en verdad debe ser la última. Sí, la poesía es el territorio de la última palabra, el poema es el país donde sólo se dice la palabra final.

Entrada la noche confesó su pasión por el vino del Duero: “este elíxir posee el valor de lo áspero, de lo secreto y no es tan promiscuo como el de Rioja”. Luego festejó todos los estadios de la dificultad, celebró el dolor que ilumina.

–Sufrí de niño la Guerra Civil y padecí el hambre, conocí su humillante poder, por eso nunca dejo comida en mi plato –advirtió cuando nos preparábamos para cenar.

Su voz era pausada, sus pensamientos surgían tallados con serenidad, con obstinación como sus versos.

–Es increíble lo devastadores que han sido los políticos, sorprende que el mundo haya sobrevivido a sus ilusiones. Nos condenan, nos excluyen, nos escinden... Y en tanto no deja de ser asombroso, que por ejemplo en Colombia, casi nadie sepa quién es Claudio Rodríguez, nuestro buen poeta, condición muy escasa en todos los tiempos, pero muchos sepan hasta los míseros detalles de los más abyectos dictadores.

–Conocemos más a José Ángel Valente y Gil de Biedma que a Rodríguez –agregué.

–Ellos eran poetas, pero escribían sólo con la mente, lo cual no es lo apropiado. La poesía española está en una crisis preocupante, especialmente si se le compara con la escrita en Latinoamérica o en Portugal, para citar sólo al enigmático Herberto Helder. Los poetas pretenden ser divertidos, ellos, los que dialogan con la muerte, y eso habla muy mal de nuestros tiempos.

Eran las cuatro de la mañana. Fatigados interrumpimos la conversación para dormir algunas horas, con la promesa de que al día siguiente Antonio Gamoneda con sus 75 años acudiría para ser mi guía en esa catedral que tenía fama de ser una de las más bellas del mundo, escala obligatoria en el Camino de Santiago.

Fue puntual aunque estábamos golpeados por la noche. Al recogerme en el hotel lo escuché decir:

–Bueno, vamos a hacer las cosas en orden. Debemos tomar algo preparatorio. Puede convenir un café con “alegría”.

El rústico Orujo hizo efecto muy rápido. Antonio, duplicó la dosis, pero yo opté para esta segunda acometida por el aguardiente en su estado original. Después le dimos la vuelta a la catedral y nos decidimos a entrar.

La sensación fue asombrosa. La gran estructura se diluía en sus gigantescos vitrales. Unos enormes espejos duplicaban las formas ilusorias. Advertí que a Gamoneda después de tantos años de vivir allí aún le parecía esplendente. Nos sentamos en una butaca a contemplar el acierto arquitectónico. Me señaló detalles de la puerta y de la cúpula. La catedral era casi de cristal.

–Desde afuera parece invulnerable, de piedra; pero en el interior advertimos que está hecha de la frágil y cambiante luz –reflexionó.

–Los trabajos de la luz, los oficios de la luz –pensé en voz baja.

Decía frases sueltas. Los peregrinos pasaban en silencio. Media hora después abandonamos el descomunal templo y entramos a un bar con el propósito de reiterar el Orujo. Todavía en la memoria escucho su voz pausada lanzando preguntas, hablando de la benéfica soledad, de la fértil desolación, de la importancia de todos los abismos.

El tiempo se dilataba y ya debía apresurarme para poder alcanzar el tren de regreso.

Gamoneda me acompañó hasta la avenida que conducía a la Estación caminando fatigosamente. Allí me despedí por primera vez recibiendo su generosa calidez. Digo por primera vez, pues perdería el tren a Madrid, y como también amo mis pérdidas, gracias a aquel incidente pude regresar a su casa para decirle:

–La próxima vez que viaje a Europa, aunque me encuentre en Praga, vendré a visitarte. Con pérdida de tren incluida.

Amenazado acudió a su leit-motiv:

–Vamos a hacer las cosas en orden, podemos indagar en el vecindario por otro Orujo. ¡Hasta el ruin verano puede mostrarse a veces generoso!

“Esta es la Edad del hielo en la garganta” “La memoria es mortal”. “La única sabiduría es el olvido”....

Son algunas de sus frases que siempre me acompañan.

Al día siguiente volé de Madrid a Bogotá leyendo su poesía completa publicada por Galaxia Gutenberg. Los mensajes por Internet se hicieron más frecuentes y muchas veces alivian mi oscuridad.

Hace unas semanas nos cedió sus poemas para publicar una antología en la colección Los Conjurados de Común Presencia Editores, libro que ya se encuentra en preparación, pues en “Colombia hay mucha gente que puede necesitar mi dolor”. Y es importante hacerlo ahora: “porque la poesía es la única libertad a la que puede acceder alguien imperfecto como yo”.

El 30 de noviembre Antonio Gamoneda fue galardonado con el Premio Cervantes, y puedo asegurarlo, ocurrió contra su voluntad. Porque cuando evocábamos al ermitaño poeta portugués Herberto Helder, famoso por haber rechazado los reconocimientos más importantes de su lengua, afirmó con voz lacónica:

–Hace bien en hacerlo, es irreprochable su conducta. A mí, al parecer, quieren sitiarme con numerosos premios. Pero la poesía no debe participar de ningún intercambio que no sea el del amor.


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