A su paso por Colombia, este pretstigioso ensayista y poeta alemán (Baviera, 1929), autor de una vasta obra e inventor de una sofisticada máquina de hacer poesía, dialogó sobre los medios de comunicación, la mediocridad planetaria, la lumpen-burguesía y los lumpen-intelectuales, denunciando con su aguzada ironía el siniestro papel del artista en la formación del odio en el mundo
¿Cómo dicen que Colombia es un país subdesarrollado, si hay tantas flores...? –preguntó el escritor alemán observando con sus ojos de halcón los jardines de las casas, cuando nos dirigíamos al auditorio de la Cámara de Comercio donde teníamos programada una lectura dentro del marco del IX Festival Internacional de Poesía de Medellín.
Esa mañana había desayunado con él compartiendo su recurrente humor, su discurso vertiginoso y su intenso histrionismo. Enzensberger pasaba de un tema a otro sin preámbulos, elogiaba las montañas, criticaba la inteligencia, hablaba sobre las innumerables guerras civiles que sacuden al mundo, y a la vez leía los titulares del periódico o esparcía con una convulsión próxima a la epilepsia mantequilla en las tostadas.
–No me van a creer pero este país me produce confianza, y a pesar de la imagen que existe en el exterior no puedo temerle. Yo no necesito un guía para ir a los museos o para caminar de noche por esta ciudad, sino alguien que me adentre en las exóticas frutas y orquídeas que aquí crecen. Los poetas nunca corren peligro, he notado que en todas partes del mundo el hampa tiene gran simpatía por ellos –hablaba rápidamente en español con su excesivo acento teutón y sin respetar jamás los temas propuestos aprovechaba cualquier frase para transitar con cinismo por toda la historia universal.
Durante esa hora matinal lo vi saludar efusivo a varios poetas hospedados en el mismo hotel que bajaban trasnochados al restaurante, firmar libros, dar autógrafos con una caligrafía semejante al mar que pintan los niños, evocar sus innumerables viajes recientes, probar el jugo de curuba intentando definir su sabor, y conversar con cinco personas al mismo tiempo con voz estentórea y severas gesticulaciones que afirmaban su protagonismo.
–Aquí los asesinos deben ser ciegos... Las bellas mujeres de Medellín tendrían que bastar para exorcizar a la muerte... –susurró dejando que su pensamiento fluyera sin dirección definida.
Éramos permanentemente interrumpidos, los guías asignados por el Festival se acercaban con frecuencia para proponerle recorridos por la ciudad y acordar algunas entrevistas con la prensa. Varios escritores querían hablarle y algunos colegiales deseaban conocer su visión sobre Colombia.
Sentí que teníamos poco tiempo para conversar y decidí iniciar la grabadora. Enzensberger me detuvo sugiriendo un escenario más tranquilo y adujo que alrededor de la piscina sus palabras serían más consecuentes.
Ya instalados bajo un parasol, mientras él trataba de pedir el jugo más extraño, se acercó a saludarnos en un breve traje de baño la poeta norteamericana Anne Waldman, cuyo ritmo y ardor fue corroborado varias veces durante la década del sesenta por los poetas beatniks.
–El cerebro no es tan importante como han dicho los filósofos y los científicos... La mente es un obstáculo inmenso para comprender o vivir muchas cosas... Es una verdadera fatalidad –empezó Enzensberger fiel a su manía del escándalo–. Más importante que ampliar el cerebro de los computadores sería inventar un corazón artificial, capaz de provocar sentimientos y sensaciones, para crear una fuerza humanizante...
Hablaba sin mirarme, concentrado en las ondulaciones del agua, en los movimientos de dos bañistas; haciendo permanentes acotaciones sobre los rasgos de los habitantes, el espíritu del trópico, la usanza de colores vivos en el vestuario y los adornos femeninos.
–Yo volvería al salvajismo sólo por vivir el culto ornamental, la condición mítica de los objetos –reflexionó mientras depositamos en un silla contigua los libros que llevábamos. Al observar en mis manos su poemario El Hundimiento del Titanic, se apresuró a firmarlo.
Entonces comencé a grabar:
–Usted defiende causas imposibles, el escritor Robert Mintz ha dicho que es un profesional de la contradicción...
–Creo que el pensamiento debe contradecirse para poder cambiar. Las personas que piensan toda la vida lo mismo, los fundamentalistas por ejemplo, son demasiado peligrosos y no le agregan nada a nadie. Yo sólo pido mi derecho a rectificarme, a aumentar mi visión del mundo.
–Pero esa manía de contradecir lo ha llevado incluso a hablar bien de los críticos...
–Quizá en un principio interpretar es reaccionario, o es una fatalidad porque a nadie le pueden quitar la libertad de gozar, sufrir, o amar un texto como le de la gana. O incluso la emoción de comprender mal una obra también puede ser un deleite. Pero yo me he referido a algo más noble: al maridaje autor-crítico que era muy importante en nuestra sociedad, fomentando una alianza fecunda. El crítico clásico admiraba o despreciaba una obra, era un sentimiento del cual podría desprenderse algo valioso, humano. Actualmente al ser remplazado por algo abominable como el analista de circulación, o por los medidores de mercado de las grandes editoriales, ha surgido el simple reseñador, y el sórdido comercio impone sus idiotas o peligrosas preferencias.
Derechos reservados
© Gonzalo Márquez Cristo
http://gonzalomarquezcristo.blogspot.com/
